Homilía de D. Joaquín Mª López de Andújar, Obispo de Getafe, en la Ceremonia de Ordenación de Presbíteros, celebrada en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles, el 12 de octubre de 2008.


Muy querido Sr. Obispo Auxiliar, queridos sacerdotes, queridos seminaristas, queridos hermanos y amigos; y muy especialmente queridos ordenandos;  saludo con mucho cariño a vuestros padres, hermanos y familiares. Hoy, todos nos alegramos en el Señor. Hoy, toda la comunidad diocesana congregada espiritualmente aquí, con su Obispo, en esta solemne celebración, da gracias Dios por la misericordia que tiene  con nosotros dándonos  pastores según su corazón, para apacentar y cuidar a su Pueblo Santo.

 El evangelio que acabamos de proclamar nos presenta a Cristo, Buen Pastor, como modelo supremo, de todos los que son llamados por la Iglesia al ministerio sacerdotal. Jesús es el Buen Pastor no sólo porque  conoce íntimamente a su ovejas  y es conocido por ellos, sino, sobre todo, porque da su vida por ellas.

 El ministerio sacerdotal al que sois llamados, queridos ordenandos, consiste en ser signos vivientes de Jesucristo, que da la vida. Y esto sólo es posible llevando una vida santa. Es verdad que todos los bautizados son llamados a la santidad, pero esta vocación universal a la santidad, llega a vosotros con una intensidad mayor. Podríamos decir que llega a vosotros por partida doble: por ser bautizados y, dentro de un momento, por ser pastores. El Pueblo de Dios necesita vuestra santidad. La Iglesia reclama y pide vuestra santidad. El mundo necesita sacerdotes que trasparenten con su vida la santidad y el amor infinito de Dios.  No es concebible un ministerio sacerdotal que no este lleno de entrega generosa al Señor. En los momentos que vivimos un sacerdote mediocre no nos sirve. El Señor es muy claro en esta exigencia de santidad: Si la sal se vuelve sosa solo sirve para tirarla al suelo y que la pise la gente.

 Pero este camino de santidad, si bien es cierto que exige vuestra disponibilidad y cooperación, no es  obra vuestra. Este camino de santidad es obra del mismo Jesucristo por medio  del Espíritu  Santo. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos, sino porque desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo (2 Tim. 1,6-14).  Lo que hoy va a suceder aquí es una obra maravillosa del Espíritu Santo. Él será el protagonista principal de esta celebración y de la transformación que se va a producir en vosotros. Se van a cumplir aquí en cada uno de los que vais a ser ordenados las palabras del profeta Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura. El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena noticia a los que sufren y para derramar sobre ellos un perfume de fiesta. (cf. Is.61,1-3). Vais a ser ungidos para ser enviados. El Espíritu Santo va a configurar vuestras vidas con Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, para continuar en el mundo su obra de salvación.

 Dentro de un momento os preguntaré a los que vais a ser ordenados presbíteros: ¿Queréis uniros cada día más a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote que por nosotros se ofreció al Padre como Víctima Santa y con Él consagraros a Dios para la salvación de los hombres?.  Y cada uno de vosotros me contestará: Si quiero, con la gracia de Dios.  Efectivamente, al contestar de esta manera sois muy conscientes  de que esa unión íntima con Cristo sólo es posible con la gracia del Espíritu Santo. Con vuestras propias fuerzas sería imposible.  Sólo la gracia de Dios, que viene en ayuda de vuestra debilidad, hará posible el cumplimiento de esta promesa. Sólo la fuerza del Espíritu Santo unirá vuestra vida a Cristo en su ofrenda al Padre y la consagrará a Dios para la salvación de los hombres. Sólo por el don del Espíritu Santo la vida del sacerdote, zarandeada por las inclemencias del mundo, será una vida consagrada a Dios y  libremente  entregada para hacer presente entre los hombres el Reino de Dios.

  Toda la celebración será una súplica constante, pidiendo para vosotros el don del Espíritu Santo. En la letanías  de los santos, en comunión con toda la Iglesia, unidos al Señor y a la Virgen María y a todos aquellos que han sido para nosotros un modelo de fidelidad a Cristo pediremos al Padre que envié sobre vosotros el Espíritu  Santo para que os bendiga, os santifique, os consagre y derrame sobre vosotros la abundancia de su bienes. En la plegaria de ordenación  volveremos a pedir insistentemente al Padre Todopoderoso que renueve en vuestros corazones el Espíritu de santidad,  para que seáis en la Iglesia con vuestra conducta un verdadero ejemplo de vida, para que  por vuestra predicación la Palabra del Evangelio de frutos  abundantes en el corazón de los hombres y para que siendo fieles dispensadores y administradores de los Misterios de Dios, el Pueblo se renueve y renazca en las aguas del Bautismo, los pecadores sean reconciliados, los enfermos confortados y con vuestra oración y la inmolación de vuestras vidas imploréis la misericordia divina para el Pueblo que se os confía y en  favor del mundo entero.

  En el momento de ungir vuestras manos con el sagrado crisma invocaremos a Jesucristo, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, para que con su auxilio santifiquéis al pueblo cristiano y ofrezcáis a Dios el Sacrificio Santo.

Queridos ordenandos vivid siempre abiertos a la gracia del Espíritu Santo y Él convertirá vuestra vidas en un don admirable para todos los hombres. Dejaos llevar por el Espíritu y podréis ofrecer a los hombres  lo que los hombres más necesitan. Nadie puede dar lo que no posee. Nunca podremos trasmitir el Espíritu Santo de modo eficaz, nunca podremos hacerlo perceptible, si nosotros mismos no estamos cerca de Él. Sólo si somos tocados  continuamente en nuestro interior por el Espíritu santo, solo si Él está presente en nosotros, podremos también nosotros trasmitirlo a los demás.

  El Espíritu Santo, decía hace pocas semanas el Papa a los jóvenes en París, nos pone en contacto íntimo con Dios, en quien se encuentra la fuente de toda riqueza humana.

  Los hombres, les decía, buscan amar y ser amados y solamente volviendo a Dios podrán aprender a amar y podrán encontrar al fuerza para amar. Sólo el Espíritu de Dios podrá abrir sus corazones para recibir el don del amor auténtico.

 Los hombres buscan la verdad y quieren vivir en ella. Cristo es la Verdad. Él es el único camino, la única verdad y la única vida. Confiad en el Espíritu Santo para descubrir a Cristo y para predicar a Cristo

 El Espíritu Santo será siempre para vosotros el guía necesario de la oración, el alma de vuestra esperanza y la fuente de vuestra alegría. El Espíritu Santo abrirá vuestra razón hacia nuevos horizontes que la superan y la hará comprender que la única sabiduría verdadera reside en la grandeza de Cristo y en su cruz redentora, en la que se nos ha revelado la sabiduría de Dios y su amor infinito. El Espíritu Santo os acercará constantemente al Misterio de Dios, os hará comprender a Dios y hará que con vuestra palabra y vuestra vida acerquéis a los hombres al manantial de su amor. Él Espíritu Santo pondrá en vuestros labios las palabras justas para anunciar a Dios en todos los lugares donde estéis, en vuestras comunidades, en vuestra predicación, respaldando vuestra palabra y vuestro testimonio de vida con su fuerza, siempre fecunda.

Puede ocurrir que al caer en la cuenta  de la misión tan grande que el Señor os confía os sintáis abrumados. Pero el Espíritu Santo os hará comprender,  que al final de cada jornada Dios no os va a pedir una cuenta de resultados, Dios no se va a fijar si son muchos o pocos los que se han convertido,  o si en el lugar donde trabajáis son cada vez más o cada vez menos los que acuden. El Espíritu Santo, que es Amor, os preguntará  por el amor que habéis puesto en vuestra entrega. Eso es lo esencial. Al final de cada jornada el Señor os preguntará como a Pedro en el lago de Tiberíades, después de su resurrección. ¿Pedro, me amas?.

 El  ministerio pastoral es una cuestión de amor. Apacentar la grey del Señor, decía S. Agustín, es un oficio de amor. Un oficio de amor que hemos de realizar en esa triple función que la Iglesia pide al sacerdote, en la función de enseñar, en la función de santificar y en la función de guiar y regir al Pueblo de Dios

 Tenemos que preguntarnos constantemente por lo que el amor de Cristo espera de nosotros en nuestro oficio de enseñar, en el ministerio de la Palabra, cuando predicamos o damos catequesis o trasmitimos la fe. Lo fundamental es que en ese oficio de enseñar sepamos tocar los corazones con la experiencia viva del Misterio. Y eso sólo será posible  si somos hombres de oración y dedicamos el tiempo suficiente a la contemplación prolongada, y amorosa del rostro de Cristo. El sacerdote ha de ser un enamorado de Cristo, ha de ser un hombre   que en su modo de hablar, de expresarse y de sentir haga presente al mismo Cristo y pueda decir como San Pablo: Para mi la vida es Cristo (Fil. 1,21)

 En nuestra misión de santificar, sabemos que la presencia de Jesucristo en los sacramentos está siempre garantizada a pesar de nuestra fragilidad y de nuestro pecado. Pero es evidente que el modo de celebrar los sacramentos y el amor que pongamos en ellos hará que la gracia del Señor llegue a los hombres con mayor facilidad. El Señor nos pide que nos situemos ante los misterios que celebramos con un inmenso respeto y admiración, especialmente  en la Eucaristía, y con una actitud de verdadera adoración ante la santidad de Dios y con una intimidad llena de confianza, fruto de nuestra profunda relación de amor con Cristo.

 Y, finalmente en la misión de guiar y regir al pueblo de Dios tiene que trasparentarse nuestro amor a Cristo y a los hermanos en una actitud de servicio humilde y abnegado como la de Cristo al lavar los pies a sus discípulos. Y el mayor y principal de los servicios que podemos hoy prestar al hombre es el servicio de la paternidad. Tenemos que mostrar a los hombres la paternidad de Dios y su amor incondicional: un amor que da la vida y crea vida y anima la vida de todos. Tenemos que ser mensajeros del Evangelio de la Vida. Hoy el mundo sufre una gran orfandad. Al querer el hombre convertirse en dios para sí mismo, ha caído en un profundo vacío y en una angustiosa soledad. Se ve solo y débil cuando la vida le plantea retos  difíciles, y, en muchos casos, no es capaz de afrontarlos y cae en la desesperación y en la tristeza. El sacerdote ha de mostrar a los hombres la paternidad de Dios, que nunca abandona al hombre y que se ha hecho cercana en Jesucristo y en la Iglesia. Ser padre significa saber encontrarse con las personas prestando atención a cada una de ellas. Es hacer lo posible por conseguir que cada uno de aquellos  con los que nos encontremos pueda tener la sensación de haber sido acogido, estimado y mirado con amor. Tenemos que ser pastores de corazón grande, al estilo de Pablo que escribía a los de Tesalónica: Nos mostramos amables con vosotros, como una madre que cuida con cariño de sus hijos. De esta manera, amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser, porque habéis llegado a sernos muy queridos (1 Ts 2,7-8)

 
Nuestro lenguaje, como el de Pablo, ha de ser el lenguaje del amor e incluso de la ternura. Pablo que conoce también, cuando es necesario, el tono vigoroso de la fortaleza y de la severidad, sabe compensarlo con esta extraordinaria nota de humanidad, de sensibilidad y de delicadeza. El mundo necesita sacerdotes humanos, capaces de darse a los demás, sacerdotes que, si sienten alguna predilección especial, esta sea siempre  hacia los mas débiles y hacia aquellos que no tienen a nadie, sacerdotes con un corazón universal , capaz de llegar más allá de la misma comunidad cristiana, haciendo suyas las necesidades de la sociedad entera. En la vida de s. Ambrosio se lee que, a su muerte, todos, no sólo los cristianos, se afligieron: también los judíos y los paganos.     
 
Los sacerdotes, al compartir la vida de los hombres tenemos la dicha de participar en muchos acontecimientos alegres, pero en muchas ocasiones hemos de compartir también sus problemas, y , con mucha frecuencia hemos de consolar a cuantos se sienten agobiados por la cruz. En estos casos, hemos de ser sus cireneos. Carguemos también con la cruz de los hermanos y seamos para ellos cireneos de esperanza cireneos del amor de Dios y del gozo que viene de Dios: que en nuestra vida y en nuestro testimonio, muchos pueda ver cumplida la bienaventuranza: dichosos los que lloran porque ellos serán consolados.
 
Ponemos bajo la protección de María al nuevo diácono y a los nuevos presbíteros. La Madre de Dios que dio al mundo al Verbo encarnado, guíe nuestros pasos y nos conduzca a su divino Hijo. En Él tenemos  por  medio de su sangre, la redención, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia (Ef. 1,7). Que la Virgen  ayude a todos los sacerdotes a hacer de Cristo el centro, la luz y la fuerza de su vida de pastores de almas. Amen
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